Fue entonces cuando Sam empezó a llamarlo Fortuna, aunque sólo en silencio al principio. Todavía no decía el nombre en voz alta. Se sentía frágil, casi temerario, como ofrecer esperanza antes de saber si al perro le quedaban fuerzas para aceptarla.
Porque mirando al perro que yacía allí, respirando superficial pero constantemente, Sam comprendió una dura verdad. Sobrevivir tanto tiempo ya debía de parecer improbable, y fuera lo que fuera lo que le había ocurrido, nunca había estado destinado a acabar bien.