En el asiento trasero, el perro se acurrucó en sí mismo, la columna vertebral curvada con fuerza, las patas metidas cerca. Su respiración seguía siendo superficial y acelerada. Sam miró repetidamente por los retrovisores, buscando movimientos, escuchando cambios de ritmo.
Fue entonces cuando Sam se dio cuenta de algo importante. La mansedumbre no era sólo miedo. El miedo no minaba la fuerza de esta manera. El miedo no causaba colapso después de caminatas cortas o dejaba los músculos crispados sin previo aviso.