La furgoneta de control de animales rugió, escupiendo gravilla de sus neumáticos mientras recorría la estrecha carretera que la separaba de la comisaría. Dentro, el aire estaba cargado de urgencia. Ethan estaba sentado en la parte de atrás, con la camisa manchada de suciedad y sudor, y el cachorro más pequeño descansaba sobre una toalla que tenía en las manos. El mayor caminaba en círculos a su lado, lloriqueando sin parar, con el hocico pegado al costado de su hermano.
El conductor llamó por encima del hombro. «Hemos avisado por radio. El veterinario nos espera» El cachorro más pequeño emitió un sonido lastimero. Mitad gemido, mitad jadeo. Su pecho se levantó débilmente y luego volvió a caer. Ethan tragó saliva. «Aguanta, pequeñín», murmuró, con voz temblorosa. «Quédate con nosotros»