Durante un rato olvidó el silencio de la casa, olvidó a los vecinos, perdido en el ritmo constante del agua y la espera. Cuando regresó aquella tarde, volvió a su rutina. Hizo té, leyó el periódico, salió a probar la piscina.
A primera vista, no parecía haber nada raro. El agua ondulaba suavemente, la luz del sol proyectaba su brillo habitual. Rozó la superficie, comprobó el cloro y volvió a entrar. Pero en los días siguientes, algo cambió.