Un profesor jubilado se cansa de que la gente use su piscina sin consentimiento, así que decide darles una lección

La pesca apenas importaba. Lo que importaba era la quietud. Fue en una de esas salidas de pesca cuando Arthur se fijó por primera vez en los recién llegados. Cuando regresó al vecindario, su jardín aún estaba húmedo por el sol de la tarde y, al lado, un camión de mudanzas bloqueaba el paso.

Había cajas apiladas en el césped, música que salía de un altavoz y voces que cruzaban el seto. Arthur se detuvo en el porche para observar. La nueva familia era ruidosa, sus movimientos rápidos y descuidados, sus risas agudas contra el zumbido del aire veraniego.