Cada vez miraba más a menudo por la ventana y aguzaba el oído ante el menor ruido. Cada vez que rodeaba el jardín con la linterna por la noche, los setos y el agua en calma se burlaban de él con su silencio.
Sin embargo, al día siguiente aparecían nuevas señales: una mancha de barro en las baldosas, un envoltorio húmedo pegado al desagüe. Estaba inquieto, prisionero en su propia casa. Pero una tarde encontró algo diferente. Sobre una silla del patio había una camiseta descolorida por el sol y húmeda por el cloro.