El último coche de Margaret, un Corolla de veinte años, había muerto tosiendo tres semanas antes. No podía conseguir un préstamo, ni con su trabajo de cajera a tiempo parcial ni con el alquiler que la dejaba seca. Los autobuses públicos no llegaban a sus turnos nocturnos. Necesitaba algo barato, aunque pareciera chatarra.
La puja empezó a la baja. Nadie levantó la mano. Un coche así significaba reparaciones interminables y piezas que no eran baratas. Margaret levantó su paleta con dedos temblorosos, esperando que nadie más se molestara. No lo hicieron. Cuando el subastador dio el golpe de martillo, el coche era suyo por menos de un mes de sueldo.