Evelyn llamó esa noche. Su voz era esperanzada, temblorosa. «¿Has encontrado algo? ¿Cuándo irás?» Margaret le habló del registro canadiense. Se hizo el silencio durante un rato y luego Evelyn susurró: «Así que se fue de verdad. No nos lo arrebataron. Él lo eligió» El alivio, frágil pero real, llenó sus palabras.
Margaret prometió seguir buscando. No sabía por qué se sentía tan responsable, pero así era. Tal vez fuera la mirada de Evelyn, el alivio de una hermana que había llevado el dolor demasiado tiempo. O tal vez fuera aquella fotografía de David apoyado con orgullo en el coche.