El sobre no tenía remitente. El detective Marcus Dellray lo encontró enterrado en su mesa de la oficina de Asheville un martes de febrero por la mañana. La letra -su nombre, su oficina, impresos en cuidadosas letras de imprenta- pertenecía a alguien que necesitaba que él lo encontrara pero que no podía permitirse ser encontrado.
Dentro había una sola fotografía, impresa a bajo precio en papel normal. Una pareja en un puerto deportivo junto a un lago, con los ojos entrecerrados bajo el sol de la tarde, los colores desvaídos, esa suave calidad digital de mediados de la década de 2000. A Dellray se le enfriaron las manos antes de que su cerebro se diera cuenta. Reconoció las caras antes de leer la fecha de junio de 2006.
Ryan y Claire Calloway le sonrieron, vivos, algo mayores, bronceados, sin nada especial. Claire tenía el pelo rubio más corto. Ryan tenía la mandíbula más gruesa. Dellray se sentó y volcó su café. Él mismo había firmado los papeles de su presunta muerte