El tiempo suficiente para que Eli se convirtiera en un treceañero, todo codos afilados y sarcasmo y botas de fútbol dejadas en las habitaciones equivocadas. El tiempo suficiente para que Sarah se convirtiera, para él, en una persona hecha principalmente de fotografías. Esa parte dolía de una manera a la que Jack nunca se acostumbró. Eli recordaba partes. Un olor, una vez. El sonido de Sarah cantando mal mientras hacía pasta.
Un vago recuerdo de cuando la llevaban medio dormida desde el coche. Pero, sobre todo, la conocía a través de lo que se había conservado: marcos en las paredes, álbumes en los cajones, la caja de viejas fotos de empresa que Jack nunca había conseguido tirar. Su madre existía para él en imágenes fijas e historias de segunda mano. Jack intentó no pensar demasiado en lo que eso significaba.