Mi hijo llevó a casa a una niña perdida. La mujer que abrió la puerta era mi difunta esposa.

El tipo de mujer que siempre parecía estar demasiado cerca cuando Jack pasaba a recoger a Sarah. Jack se reclinó lentamente en su silla. Y de repente, con enfermiza claridad, la recordó. No sólo su cara. Su interés. La forma en que siempre se reía demasiado de sus chistes. La forma en que Sarah una vez la llamó «intensa» y luego lo descartó con un encogimiento de hombros.

La forma en que se había quedado. Observaba. Se había quedado. La voz de Adrian volvió a sonar. «¿La conoces?» Jack se quedó mirando la pared. «Sí», dijo en voz baja. «Creo que la conozco» Jack no se fue a casa de inmediato. Se quedó sentado en su despacho mucho después de que Adrian colgara, mirando fijamente a la nada, dejando que los viejos recuerdos se reorganizaran en algo más feo.