Mi hijo llevó a casa a una niña perdida. La mujer que abrió la puerta era mi difunta esposa.

El tipo de felicidad que viene de estar demasiado cerca de algo que creías haber perdido para siempre. Rosalind también los miró. «Si hay alguna posibilidad», dijo en voz baja, «quizá merezca la pena intentarlo» Jack miró hacia arriba. A Eli. A Willow. A la forma de una vida que había dejado de permitirse imaginar. Cuando salieron, Eli se quedó junto a la puerta.

«¿Podemos volver?», preguntó. Jack lo miró. Luego a Rosalind. A la cara de Sarah. Y allí de pie, a Jack se le acabaron las razones para no creer. «Sí», dijo en voz baja. Así fue como empezó. No de golpe. Por partes. Primero visitas. Luego cenas. Luego se quedaban a dormir cuando Willow se quedaba dormida en el sofá o Eli preguntaba si podían volver al día siguiente.