Peter se maravilló ante la estación meteorológica, que parecía preparada para reanudar sus funciones, acompañada de rocas y muestras de suelo que guardaban historias jamás contadas de la tierra, y una vieja cámara fotográfica, desgastada pero que seguía infundiendo respeto. Aquel lugar trascendía la mera ocultación; era el espacio de trabajo meticulosamente dispuesto de un científico, diseñado para el estudio de los misterios del reino helado.
Según las notas, parecía pertenecer a un hombre llamado Dr. Jensen. Debe de ser el mismo hombre de la foto, pensó Peter mientras revisaba las cosas. Los meticulosos registros del Dr. Jensen, repletos de observaciones, hipótesis y reflexiones íntimas, pintaban el retrato de un hombre profundamente enamorado de su búsqueda. Peter echó un vistazo al equipo y las notas. «El Dr. Jensen era un tipo duro», murmuró mientras ojeaba los diarios. «¿Persiguiendo los secretos del Ártico, él solo aquí fuera? Eso es salvaje…» Sacudió la cabeza, incrédulo, sin dejar de asimilar el grado de compromiso y valentía que debía de requerir.