Aquella constatación pesó más que el propio reencuentro. No olía a lluvia ni a basureros ni a asfalto. Olía a horarios de alimentación estructurados. A baños regulares. A rutina. Alguien lo había mantenido. Sus dedos llegaron al cuello de su camisa. No era la correa de cuero desgastada que Michael había ajustado una vez con orgullo. Ésta estaba reforzada, era más oscura y gruesa, hecha para durar.
A ras de la banda interior había un dispositivo negro compacto, perfectamente sujeto al material. Cuando su pulgar recorrió su borde, Rex sacudió de repente la cabeza hacia un lado. Luego intentó arañar el collar con la pata trasera. Una vez. Dos veces. Frustrado. Sacudió bruscamente la cabeza y volvió a intentarlo, retorciéndose torpemente como si tratara de enganchar la correa contra el pavimento.