Cuando volvieron las pertenencias de Michael, Rex era lo único vivo que aún se parecía a él. Durante un tiempo, Eleanor no estuvo sola. Entonces, una tormenta hizo saltar el pestillo de una valla y Rex salió corriendo hacia la oscuridad. Buscó hasta que la esperanza se sintió estúpida.
Su bolsa resbaló. Los huevos golpearon el pavimento con un suave crujido. «Por supuesto», murmuró, agachándose con cuidado, con una mano apoyada en el parachoques. Al coger el cartón, se le erizó el vello de los brazos. Esa sensación limpia e inconfundible: alguien observándola con intención.