El punto avanzaba con paso firme y decidido, como si lo que lo llevara supiera exactamente adónde se dirigía. «Rex», susurró Eleanor, con la garganta apretada. «Vamos», dijo Sarah. «Ahora» Salieron por la puerta en cuestión de segundos. Sarah conducía; Eleanor sostenía la tableta en el regazo como si fuera de cristal. El punto se deslizó por el mapa, luego giró: la certeza de una flecha.
Sarah la siguió, manteniendo una velocidad normal, negándose a parecer desesperada. «¿Sigue moviéndose?» Preguntó Sarah. Eleanor tragó saliva. «Sí» Llegaron al primer semáforo, que se puso en rojo en el peor momento. Sarah agarró el volante. Por delante, los coches se amontonaban como un muro. El punto seguía avanzando de todos modos, alejándose a cada segundo que pasaba sin que Eleanor pudiera hacer otra cosa que mirar.