Eso hizo reflexionar a Brian. Cooper no era tan testarudo. Normalmente no. Lo arrastró al interior, cerró la puerta e intentó seguir adelante. Pero durante la siguiente media hora, Cooper se paseó por la cocina, volvió a la puerta una y otra vez, arañó una vez, esperó y volvió a arañar.
Ignoró su cuenco de agua. Ignoró a Brian. Parecía haberlo olvidado todo excepto aquel trozo de jardín. Al final, Brian se rindió. En cuanto se abrió la puerta, Cooper volvió corriendo al mismo sitio y volvió a escarbar con más urgencia. Esta vez Brian se quedó mirando.