Se manifestaba de formas pequeñas y vergonzosas. Una fracción de segundo de retraso antes de responder cuando él la llamaba por su nombre. Una punzada cuando veía a una pareja en el supermercado discutiendo por nada. Una oleada de ira tan aguda que la sobresaltó cuando se dio cuenta de que no había sido egoísta. Y luego le siguió la culpa, predecible como un reloj.
Porque Marcus había sido el que solía cargar con la pesada compra sin que nadie se lo pidiera. Marcus que solía besarle la sien cuando estaba estresada. Marcus, que una vez condujo dos horas porque ella había mencionado, casualmente, que le apetecía un tipo específico de bola de masa de un pequeño lugar que habían visitado una vez. Él había sido ese hombre.