Un minuto antes y la habría pillado en el porche. En el pasillo. En el router. Pero la mujer ya no estaba. Las manos de Julia volvían a temblar, pura adrenalina. Aparcó el coche y salió tan rápido que casi se olvidó de cerrar la puerta. Subió la rampa, cada paso resonando de rabia. La puerta principal estaba cerrada. Nada extraño.
Pero, de todos modos, le pareció un mensaje. La abrió y entró. La casa olía normal. A limpio. Como a detergente de limón y el rastro tenue y cálido de la colada. La normalidad le dio ganas de gritar. «¿Marcus?», llamó. No obtuvo respuesta. Se adentró en la casa, con pasos rápidos y afilados.