Cuidaba de su marido discapacitado a diario, hasta que miró las cámaras.

Recordó el sonido de su respiración, rápida y superficial, como si hubiera estado corriendo incluso estando quieta. Y recordó ese único fotograma congelado grabado a fuego en su mente: Marcus medio de pie. Con el brazo estirado. Como un hombre que se despierta el tiempo suficiente para proteger un secreto. Cuando llegó a la silla del despacho, sus manos habían dejado de temblar.

Eso era casi peor. Porque el temblor había sido miedo. Lo que lo sustituyó se sentía más limpio. Más frío. Más agudo. Furia. Llegó en flashes, como una presentación de diapositivas que no podía apagar. Sus manos levantándolo de la cama a la silla, con cuidado de no sacudir su columna vertebral. Le dolía la espalda cuando sostenía su peso y se decía a sí misma que el amor significaba resistencia.