Pero las promesas, estaba aprendiendo, podían convertirse en jaulas sin quererlo. Su casa había cambiado con él. Los escalones de la entrada habían desaparecido, sustituidos por una rampa que crujía los días de lluvia. El pasillo parecía más ancho porque la mitad de los muebles se habían apartado para hacer sitio a la silla. El salón parecía un centro de rehabilitación.
El dormitorio de invitados ya no era «de invitados», sino un almacén de suministros: guantes desechables, gasas, crema protectora de la piel, una férula que probaron una vez y nunca más volvieron a utilizar. A veces Julia se quedaba en la puerta de aquella habitación y se sentía como una visitante en su propia casa. El humor de Marcus cambiaba por ciclos. Los días buenos bromeaba con correr con ella por el pasillo en su silla.