Cuidaba de su marido discapacitado a diario, hasta que miró las cámaras.

Julia se quedó mirando las palabras como si estuvieran en otro idioma. En la penumbra del puesto, su reflejo en la pantalla del teléfono parecía un extraño. Estaba pálida, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos por una respiración que parecía no poder contener. Le temblaba la mano al pulsar la pantalla una y otra vez, como si la repetición pudiera obligar a la realidad a cooperar.

Pero la señal seguía muerta. Y la duda que había sido un susurro se convirtió en un rugido, golpeando su cráneo con una pregunta brutal: ¿Quién es ella? Julia no recordaba haber vuelto a su mesa. Recordaba el baño. La dura luz fluorescente. Las palabras que la cámara se negaba a cambiar por muchos golpecitos que diera.