Julie tragó saliva, con los ojos ardiendo. «Entonces, ¿por qué no puedes responderme con normalidad?» La mirada de Marcus se desvió hacia el pasillo -sutil, rápida- y luego volvió a ella. Era pequeña, pero ella la captó. «Porque no hay nada que responder», dijo, y la calma de su voz se sintió como un muro.
Aquella noche, Marcus se durmió pronto, con la tensión del día reflejada en el rostro. Julie lo arropó con la manta y le besó la frente. Olía a jabón, limpio y familiar. «Te quiero», le susurró. Sus ojos permanecían cerrados, pero sus dedos se movían como si quisiera alcanzarla.