Cuidaba de su marido discapacitado a diario, hasta que miró las cámaras.

Aquella noche, de todos modos, volvió a comprobar las cerraduras. Puerta delantera. La puerta trasera. El pequeño pestillo sobre la ventana de la cocina. Todo estaba seguro. Se dijo a sí misma que estaba siendo paranoica. Se dijo a sí misma que el cansancio hacía eso, que el cerebro buscaba amenazas para volver a sentirse alerta. Pero a la tarde siguiente, todo se volvió más extraño.

Llegó a casa del trabajo y encontró un leve rasguño en la pared del cuarto de baño de la planta baja: rayas grises a la altura de la cintura, como si algo duro hubiera raspado y apoyado allí. En el espejo del pasillo, una esquina manchada donde nadie había tocado nunca. Y en el salón, la mesa auxiliar se había desplazado unos centímetros, lo suficiente para que Julie se diera cuenta.