Bill exhaló temblorosamente. «Esperaba que no me reconocieras», admitió. «Y me odié por ello» Miró a Ashley. «No lo oculté por ti. Lo oculté porque no sabía cómo vivir con ello en voz alta»
Ashley se hundió en una silla, la ira drenando de ella, reemplazada por algo más pesado. Esto no era rivalidad. Nunca lo había sido. Había confundido el dolor con la crueldad, el silencio con el juicio. Darse cuenta de ello le dolió más que la humillación.