La apuesta, cuando Marcus finalmente la hizo, era de un hombre que se había estado volviendo loco lentamente por el problema de su perro. Lanzó el problema al mundo. En aquel momento no sabía lo que le costaría. Sólo sabía que era un último intento desesperado de recuperar la cordura.
Esa noche, Marcus publicó la apuesta en Internet. Su publicista llamó siete veces por la mañana. Su abogado llamó dos veces. Su ayudante Priya le envió 340 correos electrónicos de adiestradores, conductistas y un hombre de Nebraska que se comunicaba con los perros a través del pensamiento concentrado. Marcus los borró todos.