Ese había sido su acuerdo durante cuarenta y un años, y había funcionado porque eran un equipo. Dos personas, una vida, dividida sensatamente por la mitad. Eso fue antes de marzo. Terminó su café de pie junto a la ventana de la cocina, mirando hacia el campo del este, donde la luz empezaba a salir dorada a través de las hileras.
Aquella mañana había puesto la tetera en marcha dos veces sin pensárselo, una vieja costumbre: la segunda taza siempre era suya. La primera vez que se dio cuenta, se quedó un momento con la taza vacía en la mano antes de volver a dejarla en el gancho. La segunda vez había dejado hervir la tetera, se había servido la taza y la había dejado sobre la encimera enfriándose porque, de algún modo, le parecía peor guardarla.