Todo el mundo tenía algo que hacer y un lugar en el que estar. Elías se sentó en su silla con su carpeta y sintió la particular invisibilidad de una persona a la que una sala llena de gente ha decidido que no es parte de su negocio. Se levantó. La mesa de Cindy tenía una pequeña cola delante -tres personas, quizá cuatro-, pero él no se atrevió a ponerse detrás.
Ya había esperado bastante. Se colocó delante, con el sombrero en la mano, y la mujer a la que había adelantado emitió un sonido grave en la garganta y cambió su peso de sitio. El hombre que estaba detrás de ella miró a Elias como se mira a alguien que acaba de romper una norma tácita que todos los demás han seguido sin rechistar.