«Sr. Calloway, buenos días. Le esperan arriba» Ella misma le acompañó al pasillo. Cuando volvió, pasó junto a Elias sin mirarle y volvió a sentarse en su escritorio. Elías hizo girar lentamente su sombrero entre las manos y miró la puerta que había al final del pasillo. Se preguntó cuánto tardaría en llegar.
Unos veinte minutos más tarde se abrieron las puertas delanteras y entró un hombre que cambió la temperatura de la habitación sin parecer intentarlo. Rondaba la cincuentena, tenía los hombros anchos y vestía un traje gris marengo que le sentaba como los trajes caros, como si lo hubieran confeccionado pensando específicamente en él.