Aquella tarde, Marie y él se sentaron en el porche mientras el atardecer suavizaba el cielo. El patio parecía más ligero, de algún modo diferente, una vez desvelado el misterio y liberada la tensión. Marie se apoyó en él y le susurró: «Algunos secretos no deben permanecer enterrados para siempre»
Walter asintió con la cabeza, observando el parpadeo de las luciérnagas sobre la hierba. Por fin el suelo estaba quieto, se había quitado un peso de encima. Lo que había empezado como una simple curiosidad se convirtió en un puente entre el pasado y el presente. Algunas vidas desaparecen sin dejar rastro, pero a veces, por casualidad y persistencia, vuelven a ser recordadas.