Walter dio la vuelta a la fotografía y descubrió una tenue escritura casi borrada por el tiempo: «A. Moretti, 1944» El historiador le instó a buscar en antiguos registros de la propiedad y del censo. El nombre sonaba con una extraña familiaridad, como si el pasado empezara a cobrar sentido.
En los archivos del condado, Walter localizó la primera escritura emitida para su casa en 1948. El nombre del comprador saltaba de la página: Augusto Moretti, un estibador que había comprado la propiedad poco después de la Segunda Guerra Mundial, para luego desaparecer sin pagar los impuestos del año siguiente.