Cuando volvía la primavera, el hielo se derretía y dejaba huecos bajo el metal. La tierra suelta y los pequeños guijarros se deslizaban en los espacios vacíos, permitiendo que el cofre se asentara ligeramente, sólo para que el ciclo se repitiera. Pulgada a pulgada, año tras año, el montículo había crecido, anunciando el secreto enterrado.
La explicación tenía sentido, casi tranquilizadora en su lógica. La naturaleza, no la mano del hombre, había revelado la verdad. Sin embargo, Walter no sintió alivio. El verdadero misterio no era cómo había aparecido el cofre, sino por qué un alijo de armas yacía oculto bajo el patio trasero de un suburbio.