El niño se agota cada vez que la abuela hace de canguro, cuando el padre descubre la razón se horroriza.

A los dos años, Maxine era una niña brillante y parlanchina, con opiniones sobre todo y una risa que llenaba las habitaciones. Seguía a Carrie de una habitación a otra, haciendo preguntas que llegaban demasiado rápido para responderlas. Llamaba a Mike «papá» con total confianza, como si no hubiera duda de que él vendría siempre que ella lo dijera.

Entonces la realidad volvió a imponerse. La baja por maternidad de Carrie había terminado mucho antes de que Maxine aprendiera a hablar, y los años transcurridos desde entonces habían sido un cuidadoso acto de malabarismo. El horario de Mike no daba abasto para cubrirlo todo. Los gastos de la guardería se disparaban: algunos meses superaban el alquiler y otros lo que Mike llevaba a casa. Cada opción parecía una apuesta arriesgada.