Una extraña conexión
Sarah parpadeó, confundida por el cambio de tema. «Sí, hace unos tres meses. ¿Y eso qué importa? Los especialistas dijeron que su enfermedad era degenerativa» Recordaba la mudanza con claridad; era una vieja casa victoriana que había comprado para empezar una nueva vida. A las pocas semanas de mudarse, Max había pasado de hacer senderismo a apenas poder cruzar el suelo de la cocina. El declive había sido tan rápido que todos los veterinarios que visitó le dijeron que simplemente había llegado su hora.
El Dr. Aris no contestó inmediatamente. Se dirigió al ordenador y empezó a teclear furiosamente, sus ojos escudriñaban revistas médicas e informes de casos. «Los síntomas encajan», murmuró, «el letargo, la parálisis aparente… imita perfectamente lo que creíamos que era» Dio la vuelta al monitor para mostrar a Sarah una foto granulada de un objeto diminuto y oscuro. «Sarah, necesito comprobar algo. Es una posibilidad remota y casi inaudita en esta región, pero necesito estar seguro antes de hacerlo.»
Se puso un par de guantes de látex y comenzó una búsqueda meticulosa a través del espeso pelaje dorado de Max. No buscaba tumores ni heridas; estaba separando el pelo hasta la piel, centímetro a centímetro, empezando por la base del cráneo y bajando por la columna vertebral. Sarah observaba, con el corazón oscilando entre una pizca de esperanza y el aplastante peso de la realidad. Tras varios minutos de búsqueda, el médico se detuvo cerca de la oreja izquierda de Max y soltó un grito ahogado.