Aquella noche, durante un turno de noche tranquilo, Luis rebuscó a fondo en los archivos olvidados del hospital almacenados en la red interna. En lo más recóndito de un polvoriento manual de cumplimiento normativo digitalizado de 1998, por fin dio con una auténtica joya: una cláusula oculta y aún vigente que autorizaba la «retirada inmediata y privada» de cualquier vehículo no autorizado que bloqueara el acceso a urgencias.
A la mañana siguiente, acorraló a Priya, una perspicaz directiva de nivel medio, dentro de su despacho con paredes de cristal. «Echa un vistazo a la página cuarenta y dos», dijo Luis, deslizando una copia impresa por su impecable escritorio. «La autoridad ya está contemplada en la normativa. No necesitamos una nueva política, solo tenemos que hacer cumplir la anterior».
Priya echó un vistazo al documento amarillento y se subió las gafas por la nariz con un suspiro de cansancio. «Luis, entiendo tu frustración, de verdad que sí. Pero la alta dirección nunca nos dejará poner en marcha una campaña de control de aparcamiento a gran escala. La mitad de esos coches ilegales pertenecen a importantes donantes, miembros del consejo de administración y cirujanos de alto rango».