Unos días más tarde, Molly recibió por fin la llamada. La mamografía y la ecografía no mostraban nada anormal. No se había detectado nada peligroso. Molly cerró los ojos y soltó el aire que sentía que llevaba días conteniendo. «¿Entonces todo va bien?», preguntó su marido. Molly sonrió. «Todo va bien». El miedo inmediato había desaparecido.
Pero hubo un aspecto de aquella experiencia que se le quedó grabado. Molly no podía olvidar el momento en que estuvo sentada en aquella sala y no fue capaz de responder a las preguntas del médico. ¿Y si dentro de unos años volvía a pasar por un susto así? ¿Y si realmente hubiera una enfermedad que afectara a toda su familia biológica? «Debería saber algo», le dijo a su marido. «Aunque solo fuera un poco». Él estuvo de acuerdo.
Fue entonces cuando Molly decidió hacerse una prueba de ADN casera. No esperaba un reencuentro ni ningún descubrimiento dramático. Quería información sobre sus antepasados, pistas médicas y, tal vez, encontrar a algún pariente lejano al que pudiera hacerle preguntas sencillas. El kit llegó y Molly lo dejó por ahí un tiempo antes de tomar finalmente la muestra. Cerró el tubo, rellenó los formularios y echó el paquete al buzón. Al verlo desaparecer por la ranura, Molly se sintió aliviada. No tenía ni idea de lo que ya le estaba esperando.