Las pruebas resultaron ser más graves de lo que Molly había esperado. Su médico le pidió una mamografía y una ecografía, y, de repente, la visita dejó de parecerle rutinaria. Molly se sentó en la sala de espera intentando no pensar en lo peor. Su marido le apretó la mano. «Aún no sabemos nada», le recordó. Molly asintió, pero la espera hacía que todas las posibilidades parecieran más reales.
Entonces llegaron las preguntas. Una enfermera echó un vistazo al formulario. «¿Hay antecedentes de cáncer de mama en tu familia? ¿De cáncer de ovario? ¿Alguna otra enfermedad hereditaria?». Molly negó con la cabeza. «No lo sé. Me adoptaron». Cada vez que se sometía a una nueva prueba o revisión, tenía que decir: «No lo sé». Y cada vez, esas palabras le resultaban más incómodas.
Las pruebas habían terminado, pero Molly no obtuvo ninguna respuesta ese día. Se fue a casa e intentó distraerse, pero su mente no dejaba de dar vueltas al mismo temor. Si se trataba de algo grave, no tenía ni idea de si le había pasado a su madre, a su abuela o a alguien más antes que ella. «Odio no saberlo», le dijo a su marido esa noche. Él entendió perfectamente a qué se refería. Ahora Molly tenía que esperar con ansiedad a que llegaran por fin los resultados definitivos.