Le dio a una madre sin techo las llaves de su casa de la playa y al volver descubrió algo escalofriante

Altha sintió que algo en su pecho se tensaba. «¿Qué quieres decir?», preguntó. Sienna se hizo a un lado. «Ven a ver» Altha entró lentamente. Primero sintió el calor de la chimenea. Luego el sonido de una conversación tranquila. Y entonces la vio. Sentada a la mesa. Tranquila. Segura. Como si hubiera estado allí todo el tiempo.


Su madre. Por un momento, todo lo demás desapareció. Toda la búsqueda. Todo el miedo. Todas las preguntas sin respuesta. Altha dio un paso adelante, con voz temblorosa. «¿Mamá?» Beatatrice levantó la vista. Su expresión era amable. Pero desconocida. Estudió a Altha durante un segundo. Luego esbozó una pequeña y cortés sonrisa.


«Lo siento», dijo en voz baja. «¿Te conozco?» Algo dentro de Altha se rompió. «¿Qué quieres decir?», dijo, alzando la voz. «Claro que me conoces… soy yo» Se acercó, presa del pánico. «¿Dónde estabas? Te he buscado por todas partes. ¿Por qué no me llamaste? ¿Qué ha pasado? Pero Beatatrice sólo la miró… confundida. Como si nada de aquello tuviera sentido.