Altha no respondió de inmediato. Se quedó allí de pie, asimilándolo. La historia no sonaba exagerada. No parecía ensayada. En todo caso, parecía incompleta, como si Sienna no tuviera fuerzas para explicarlo todo bien.
Sin embargo, una vocecita en su cabeza se opuso. Este no es tu problema. Ni siquiera la conoces. Tienes que coger un vuelo. Altha miró hacia la fila. Había avanzado. Aún podía retroceder. Alejarse. Olvidar que esto había sucedido. Pero entonces volvió a mirar a Sienna. A la niña. Y sin quererlo, la imagen de antes volvió a su mente. Su madre. Por un breve momento, un pensamiento cruzó su mente y se negó a irse: ¿Y si estaba ahí fuera, en alguna parte… y nadie se paraba a ayudarla?
Altha exhaló lentamente. Intentó deshacerse de ese pensamiento. No era lógico. No era su responsabilidad. Había refugios. Había servicios. Había gente mejor preparada para manejar situaciones como ésta. Pero nada de eso cambiaba lo que estaba viendo justo delante de ella. Una mujer que no tenía adónde ir. Un niño que dependía de ella. Y nadie interviniendo. Altha dudó un último segundo. Entonces algo en ella cedió. «Tengo una casa en la playa», dijo.
Las palabras le salieron antes de que pudiera dudar de ellas.