2. Ocuparse del desorden más voluminoso
Una vez que nos habíamos acostumbrado con las cosas más pequeñas, pasamos a los objetos voluminosos que ocupaban espacio. Fue ahí donde el método empezó a marcar una diferencia visible. Encontramos una silla vieja que nadie usaba, una lámpara rota, mesas plegables de sobra, bolsas con ropa de cama vieja y varias cajas que llevaban años sin abrirse. De repente, nos dimos cuenta de cuánto espacio se estaba desperdiciando.
Nos planteamos dos preguntas para cada objeto de mayor tamaño: ¿Lo usamos ahora? y ¿hay alguna razón realista por la que lo vayamos a usar pronto? Esa segunda pregunta es importante porque el «quizá algún día» se convierte en nuestra excusa para quedarnos con casi todo. Los muebles que aún sirven se pueden ofrecer a la familia o donar. Los objetos rotos que ya no se pueden reparar se pueden tirar. También evitamos reemplazar nada de inmediato, lo que ayudó a que el espacio despejado se mantuviera así.
Puedes hacer lo mismo en un garaje, un desván, un sótano o una habitación libre. Haz una lista breve antes de empezar, sobre todo si hay objetos pesados. Pide ayuda a familiares, amigos o a una organización benéfica para la recogida, en lugar de intentar mover objetos grandes tú solo. Esta fase nos pareció motivadora porque la recompensa era inmediata. Un espacio libre en el suelo hace que las habitaciones resulten más tranquilas y sean más fáciles de limpiar y recorrer.