La razón por la que este truco ha perdurado durante tanto tiempo suele hacerse evidente en el momento en que coser deja de ser fácil. Porque no todos los tejidos se comportan bien. El algodón fino o los materiales ligeros son una cosa. Pero una vez que empiezas a trabajar con tejidos más gruesos (tela vaquera, lona, material de tapicería, dobladillos en capas, costuras gruesas o cualquier cosa que ofrezca una resistencia real), coser puede resultar mucho más difícil de lo que la gente espera.
Normalmente es entonces cuando empieza la frustración. La aguja no se mueve como debería. Se arrastra. Se atasca. Se necesita más presión para pasar. E incluso si el tejido en sí no es imposible de trabajar, la resistencia repetida puede hacer que todo el proceso resulte más lento, áspero y cansado de lo que debería. Esto es especialmente cierto cuando se cose a mano. Cuando los dedos empiezan a luchar contra el material en lugar de trabajar con él, incluso un proyecto pequeño puede resultar más molesto que satisfactorio. Y ése es exactamente el tipo de problema por el que suelen sobrevivir los viejos hábitos de costura.
No porque parezcan impresionantes. Sino porque resuelven algo concreto de una forma lo bastante sencilla como para seguir utilizándolos. Que es donde esa pastilla de jabón de repente empieza a tener mucho más sentido.