¿Y si no fuera sólo decorativo? ¿Y si fuera funcional? Fue entonces cuando surgió la sugerencia de la estación de café, que cambió de inmediato la percepción del espacio. En lugar de intentar que pareciera parte de la habitación principal, la idea se centró en lo que ya era: un rinconcito escondido. Y eso lo hacía perfecto.
Un pequeño armario, una cafetera, unas cuantas tazas, quizá incluso un molinillo… todo lo que necesitarías, todo en un lugar compacto. No ocuparía un valioso espacio en la cocina, y parecería un mueble independiente en lugar de algo encastrado. Casi como un elemento oculto. Cuanta más gente se lo imaginaba, más funcionaba.
El techo inclinado ya no parecía una limitación. El espacio resultaba acogedor. Intencional. Separado de todo lo demás. Y fue entonces cuando las sugerencias empezaron a cambiar. La gente ya no intentaba arreglar el espacio.
Empezaban a verlo como algo que se podía diseñar.