Entrar es un shock para los sentidos, y de la mejor manera posible. La transición de la entrada de grava al interior es como entrar en un hotel boutique de lujo. Atrás han quedado las manchas de aceite y las vigas a la vista; en su lugar hay cálidos suelos de madera en tonos miel y paredes pintadas en un crema suave y transpirable. Chloe ha conseguido que el estrecho espacio parezca amplio utilizando una paleta de colores minimalista salpicada de texturas ricas y táctiles.
La pieza central del salón es un lujoso sofá de terciopelo verde bosque que parece hecho para las siestas vespertinas. Enfrente, una mesa de centro rústica de madera recuperada sobre una gruesa alfombra de estilo marroquí. Se abrieron grandes ventanales en las paredes laterales para inundar la habitación de luz natural, una decisión de diseño crucial que evita que el garaje se sienta «encajonado» Del techo cuelgan macetas de helechos y hiedras que aportan vida y oxígeno al santuario.
«La iluminación lo era todo», explica Chloe, señalando las luces empotradas regulables y las lámparas de pie colocadas estratégicamente. Mediante la distribución de la luz, puede pasar de un luminoso espacio de trabajo matutino a una taciturna sala de estar a la luz de las velas por la noche. Cada mueble se eligió en función de su tamaño; nada es demasiado voluminoso, lo que permite que la habitación respire. Es una clase magistral de «vida diminuta» sin sensación de sacrificio, en la que cada centímetro cuadrado sirve para algo.