Desde la acera, parece un garaje suburbano cualquiera: un poco desgastado, quizá un poco olvidado y, desde luego, no el tipo de lugar en el que uno esperaría encontrar una obra maestra del interiorismo. Durante años, esta pequeña estructura independiente sirvió de cementerio para viejos cortacéspedes, herramientas de jardín oxidadas y pilas de cajas de cartón que no se habían abierto en una década. Era oscuro, polvoriento y olía ligeramente a aceite y madera vieja. Pero para Chloe, una joven creativa de 22 años con visión de futuro, no era un almacén, sino un lienzo en blanco.
Para los vecinos, no era más que un proyecto de reforma de fin de semana, pero para ella, era la realización de un sueño: crear un espacio totalmente suyo. «La gente suele pasar de largo», se ríe mientras se ajusta el jersey de punto. «Pero una vez que cruzas esas puertas, el mundo exterior parece desvanecerse» Con un suave empujón, nos invita a ver lo que se esconde tras la fachada.
Pasar de un cobertizo desordenado a una vivienda de lujo no fue fácil. Fueron meses de limpiar trastos, fregar suelos y replantearse cómo un espacio tan compacto y rectangular podía funcionar como vivienda. Sin embargo, cuando se abre la puerta, queda claro que el trabajo ha merecido la pena. Lo que antes era una oscura y polvorienta «cochera» es ahora un resplandeciente portal a un mundo diferente, que demuestra que el tamaño y la historia no determinan el potencial de una casa.