Se reían de su muro de girasoles… hasta que llegó la ventisca

El viento no había dejado de arreciar desde la tarde, pero al caer la noche sonaba diferente. Azotaba la cabaña con fuertes ráfagas y empujaba la nieve a través de cada pequeña rendija que rodeaba la puerta. Afuera, el pueblo había desaparecido. Ni vallas. Ni carreteras. Ni tejados vecinos. Solo aire blanco y oscuridad. Dentro, las familias avivaban sus estufas y escuchaban. Lo último que oyó fue a un hombre gritándole a su mujer: «Esto va a peor».

Ahora estaba de pie en el interior de su cabaña, junto a la estufa, y apoyaba una mano contra la pared más fría de la misma. Llevaba semanas preparándose para un tiempo como este. La gente la había visto trabajar. Algunos se habían reído. Ahora nadie se reía. La tormenta era demasiado fuerte para eso. Miró hacia la ventana, donde la nieve había subido hasta la mitad del cristal. «No te quites la manta», le dijo al niño que tenía a su lado. «Puede que estemos aquí un rato».

Pasaron las horas. La temperatura no dejaba de bajar. El fuego necesitaba leña, pero no tanta como ella había temido. Eso la sorprendió. Volvió a tocar la pared. Estaba fría, pero no hasta el punto de doler. Algo ahí fuera estaba amortiguando la fuerza del viento. La idea de la que todos se habían burlado por fin se estaba poniendo a prueba...