Sandra se fijó enseguida en el perfil del hombre a la luz de la penumbra. Tenía la mandíbula tan apretada que los músculos de las mejillas le temblaban mientras hablaba sin abrir la boca más de un milímetro. Sandra no pudo oír las palabras exactas por encima del zumbido de los motores, pero el tono era escalofriantemente hostil y destilaba una violencia silenciosa y reprimida.
Peor aún, el hombre tenía los puños hundidos en el regazo, cerrados por una ira intensa que parecía a punto de estallar en cualquier momento. La joven no le miró ni una sola vez; mantenía los ojos fijos en la bandeja, con la respiración entrecortada y acelerada.
Sandra sintió que su corazón se aceleraba. Su primer instinto como azafata fue intervenir y ofrecerse a trasladar a la aterrorizada mujer a otra fila para rebajar la tensión. Pero al mirar alrededor de la abarrotada cabina, recordó la cruda realidad: no quedaba ni un solo asiento vacío en todo el avión.