Mason se detuvo. La viga caída no había alcanzado al vehículo teledirigido, pero bloqueaba la ruta de salida más segura. Y lo que era peor, el cable discurría cerca de los restos de madera astillada que había por encima. Elene mantuvo la voz tranquila. —¿Puedes dar marcha atrás? —No sin arrastrar el cable por ese borde —respondió Mason. Levantó uno de los manipuladores—. Necesito hacer espacio. Reed permanecía de pie detrás de ellos, en silencio.
Mason apartó los escombros uno a uno. El derrumbe había abierto un hueco más profundo en la bodega. Detrás de la cubierta derrumbada aparecieron varias vasijas que contenían manuscritos. Una de ellas rodó, golpeó una viga y se partió cerca de la base. Un bulto oscuro se asomó parcialmente a la vista. La cámara enfocó. Letras griegas cubrían el papiro al descubierto. Elene se inclinó hacia la pantalla. Primero leyó el nombre del autor. Luego, el título.
«Es una obra que el mundo había dado por perdida hasta ahora», susurró ella. Reed la miró. «¿Estás segura?». «Los historiadores posteriores la citan, pero no se conserva ninguna copia completa». Mason apartó el último trozo de madera. Antes de que Elene pudiera decir nada más, la pantalla del sonar se agitó. La popa volvió a moverse, esta vez más lejos. La voz de Reed se endureció. «Tenemos que irnos». Elene miró una vez más el pergamino que había quedado al descubierto. No discutió.