El primer paso fue vaciarlo todo. Melissa y su familia tuvieron que vaciar el cobertizo por completo y, una vez retiradas todas las cajas, herramientas y trastos olvidados, quedó patente el verdadero tamaño del espacio. Era minúsculo. No había un dormitorio al uso. Tampoco una cocina en condiciones. Ni una sala de estar cómoda. Solo cuatro paredes, un suelo y una sorprendente cantidad de trabajo por delante.
La familia sabía que no bastaba con meter unos cuantos muebles dentro y darlo por un hogar. Tenían que aprovechar cada pulgada. Así que empezaron por lo que marcaría la mayor diferencia. Se aislaron las paredes para regular la temperatura, se sustituyó el suelo en mal estado y se limpió y acondicionó el interior para la vida cotidiana.
Entonces llegó uno de los mayores retos: decidir dónde dormiría realmente cada uno. En lugar de intentar meter a la fuerza cuatro camas convencionales en la habitación, Melissa empezó a buscar literas y soluciones compactas para dormir. También habría que incorporar espacios de almacenamiento en lugares que normalmente no se utilizarían. Cada decisión se reducía a una sencilla pregunta: ¿podría este espacio tener más de una función? Y , poco a poco, el cobertizo vacío empezó a parecer menos una dependencia y más el comienzo de un hogar.