La adrenalina se disparó cuando Samira se refugió a toda prisa detrás de un bloque de motor oxidado. A través de la tormenta de sedimentos que se arremolinaba, vio a dos hombres inmovilizando a Jax contra una viga de soporte, utilizando un cuchillo de buceo dentado para cortar la manguera de su regulador principal. Los saqueadores no estaban allí para negociar; su contratista les había pagado para que no dejaran con vida a ningún miembro de la Guardia Costera.
—¡Jax! —gritó a través de la máscara, pero por la radio solo se oía un ruido blanco sordo. Sabía que tenía que actuar rápido si querían tomar la delantera a esos hombres.
Jax se defendió con furia, retorciéndose en el agua y tratando de alcanzar su reserva de oxígeno de emergencia mientras su suministro principal de aire se esfumaba en la oscuridad. Samira desenganchó de su arnés la pesada linterna de buceo de acero, ajustó el haz de luz a un modo estroboscópico cegador y, de repente, golpeó con fuerza la carcasa reforzada directamente contra la visera del atacante más cercano.