Estaba harta de que el agua de lluvia convirtiera su césped en un lodazal, así que probó esta solución sencilla y económica

Antes de añadir nada, había que hacer primero una tarea un poco desagradable. En la zona situada debajo del canalón se habían acumulado muchos de los residuos habituales del exterior. Trozos de hojas, tierra, mantillo viejo y otra suciedad se habían acumulado en el punto donde el agua golpeaba con más fuerza. Así que Melissa se puso un par de guantes y empezó a limpiarlo. No era precisamente una tarea glamurosa, pero no le llevó mucho tiempo. Y una vez que se deshizo de los residuos, algo se hizo mucho más evidente.

El problema no era realmente la cantidad de agua, sino lo que hacía esa agua al llegar al suelo. Cada vez que llovía, ese chorro concentrado caía sobre una zona pequeña con tanta fuerza que esparcía el mantillo y arrastraba la tierra. En lugar de luchar contra el agua, Melissa decidió darle un lugar por donde fluir.

Ahí es donde entró en juego la bolsa de piedras de río. No necesitaba un equipo de drenaje complicado ni un costoso proyecto de paisajismo. Simplemente tenía que crear una pequeña zona donde el agua pudiera caer, extenderse y perder parte de su fuerza. Y la solución estaba en una bolsa de la ferretería.